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EL MATRIMONIO, LA FAMILIA Y LA SEXUALIDAD 1era. Parte: El Matrimonio

1) La Divina Revelación
Para reflexionar sobre el tema del matrimonio, la familia y la sexualidad, como cada uno de los temas que atañen a la fe y a la moralidad, debemos considerar las fuentes de la enseñanza de la Iglesia, reconociendo la principalidad que tiene la Sagrada Biblia, por su significado y contenido. Por eso consideramos de suma importancia recordar lo que dice el Catecismo acerca del valor de la Revelación Divina.

Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1Tim 2,4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (cf Jn 14,6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo.

Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que el mismo cumplió y promulgó con su boca.

La transmisión del evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras: oralmente: "los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó", por escrito: "los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo".

Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, 'dejándoles su cargo en el magisterio'. En efecto, la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos.

Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree. Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a loa práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora.

Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, nn 74-79. CONCILIO VATICANO II, Dei Verbum, 7-8.


2) La creación del hombre y la mujer
Un aspecto de gran interés es la referencia a la creación, particularmente contemplando la creación del primer hombre y la primera mujer, para agradecer esta obra de Dios a favor del origen del ser humano y con mayor razón agradecer la redención realizada por Jesucristo de la humanidad entera.

"Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó" (Gn 1,27). El hombre ocupa un lugar único en la creación: está hecho a imagen de Dios, en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material, es creado hombre y mujer, Dios lo estableció en la amistad con él.

De todas las criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador", es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n 12), sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad: Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona, no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas, y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.

Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación: "Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (Gaudium et spes, 22): San Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. El primer hombre, Adán, fue un ser animado, el último Adán, un espíritu que da vida. Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir. El segundo Adán es aquel que, cuando creó al primero, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán, aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, el primero, como él mismo afirma: "Yo soy el primero y yo soy el último".

Debido a la comunidad de origen, el género humano forma una unidad. Porque Dios "creó, de un solo principio, todo el linaje humano" (Hech 17,26). Maravillosa visión que nos hace contemplar el género humano en la unidad de su origen en Dios: en la unidad de su naturaleza, compuesta de igual modo en todos de un cuerpo material y de un alma espiritual, en la unidad de su fin inmediato y de su misión en el mundo, en la unidad de su morada: la tierra, cuyos bienes todos los hombres, por derecho natural, pueden usar para sostener y desarrollar la vida, en la unidad de su fin sobrenatural: Dios mismo a quien todos deben tender, en la unidad de los medios para alcanzar este fin, en la unidad de su rescate realizado para todos por Cristo. Esta ley de solidaridad humana y de caridad, sin excluir la rica variedad de las personas, las culturas y los pueblos, nos asegura que todos los hombres son verdaderamente hermanos.

Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, nn 355-361. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, nn 12,22,24


3) Cuerpo y alma son uno
Basados en las sabias y profundas expresiones bíblicas y del Magisterio de la Iglesia, el Catecismo afirma la unidad del cuerpo y alma, que lleva un contenido antropológico (como visión del hombre y la realidad en la que vive), siempre válido y significativo para toda realidad humana.

La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que "Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gn 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios.

A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana o toda la persona humana. Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre y de más valor en él, aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: "alma" significa el principio espiritual en el hombre.

El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu: Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día.

La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la "forma" del cuerpo, es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente, en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza.
La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios -no es "producida" por los padres-, y que es inmortal: no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final.

A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así San Pablo ruega para que nuestro "ser entero, el espíritu, el alma y el cuerpo" sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor (1Ts 5,23). La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una dualidad en el alma. "Espíritu" significa que el hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural, y que su alma es capaz de ser elevada gratuitamente a la comunión con Dios.
La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de "lo más profundo del ser" (Jr 31,33), donde la persona se decide o no por Dios.

Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 362-368. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, 14.22.