2da. Parte, El Matrimonio desde la Creación, Imagen de los esposos
4) "Hombre y mujer los creó" –una unidad de dos
El libro del Génesis, en un lenguaje muy peculiar, señala la igualdad y la diferencia queridas por Dios, que se dan entre el hombre y la mujer. Recordemos algunos detalles interesantes de los relatos bíblicos de la Creación.
Cabe señalar que, desde el Antiguo Testamento, aprendemos a llamar a Dios como Señor y Jesucristo nos enseña a invocarlo como Padre. Estos rasgos masculinos de Dios son permanentes en la Escritura Sagrada y así los repite unánimemente la Iglesia, los sentimientos maternos son admirados como referencia de la ternura y del parto feliz que resaltan el amor de Dios sin confusiones ni mezclas.
El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios. Por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. "Ser hombre", "ser mujer" es una realidad buena y querida por Dios. El hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador. El hombre y la mujer son, con la misma dignidad, "imagen de Dios". En su "ser-hombre" y su "ser-mujer" reflejan la sabiduría y la bondad del Creador.
Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las "perfecciones" del hombre y de la mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre y las de un padre y esposo.
Creados a la vez, el hombre y la mujer son queridos por Dios el uno para el otro. La Palabra de Dios nos lo hace entender mediante diversos acentos del texto sagrado. "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" (Gn 2,18-20). Ninguno de los animales es "ayuda adecuada" para el hombre. La mujer, que Dios "forma" de la costilla del hombre y presenta a éste, despierta en él un grito de admiración, una exclamación de amor y de comunión: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gn 2,23). El hombre descubre en la mujer como un otro "yo", de la misma humanidad.
El hombre y la mujer están hechos "el uno para el otro": no que Dios los haya hecho "a medias" e "incompletos", los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser "ayuda" para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas ("hueso de mis huesos") y complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando "una sola carne" (Gn 2,24), puedan transmitir la vida humana: "Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra" (Gn 1,28). Al trasmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador (cf GS 50,1).
En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados a "someter" la tierra (Gn 1,28) como "administradores" de Dios. Esta soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del Creador, "que ama todo lo que existe" (Sb 11,24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la Providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado.
Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 369-373. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, 50.
5) La imagen del Esposo y de la Esposa
La sabiduría de Dios expresada en la historia de la salvación, nos permite encontrar en la Sagrada Escritura una comparación de la alianza matrimonial con el amor de Dios para con su pueblo, que de traduce en el amor de Cristo por su Iglesia. Esta alianza es comparada con la unión matrimonial del hombre y la mujer. Cristo se identifica con el Esposo, fiel y providente, y el pueblo de Dios es comparado con la Esposa engalanada, embellecida y servicial para con su Esposo. Así es el amor de Cristo por su Iglesia. Los esposos cristianos están llamados por Dios para dar testimonio de esta alianza, de este amor, de esta fidelidad para siempre. Recordemos estos textos del Catecismo:
La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del Cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf Jn 3,29). El Señor se designó a sí mismo como "el Esposo" (Mc 2,19). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con Cristo Señor para "no ser con él más que un solo Espíritu" (cf 1Co 6,15-17). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado, a la que Cristo "amó y por la que se entregó a fin de santificarla" (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo.
He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos. Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza ("ex persona capitis") o en el de cuerpo ("ex persona corporis"). Según lo que está escrito: "Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia" (Ef 5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal. Como cabeza él se llama "esposo" y como cuerpo "esposa".
Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 796.
6) El matrimonio en el orden de la creación
En la segunda parte del Catecismo encontramos aspectos de sumo interés para explicar la unión matrimonial bendecida por Dios. Como sabemos, la unión natural del hombre y la mujer, elevada a la calidad de sacramento es un lazo firme, realizado entre el hombre y la mujer en el nombre de Dios hasta que la muerte los separe. Observemos con atención el lugar importante que ocupa el matrimonio en el plan de Dios.
"La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados" (Código de Derecho Canónico, canon 1055).
La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor", todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II presenta "la íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio, un vínculo sagrado que no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio". La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad, existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar".
Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor. Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador. Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. "Y los bendijo Dios y les dijo: ‘Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla’" (Gn 1,28).
La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo". La mujer, "carne de su carne", su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una "auxilio", representando así a Dios que es nuestro "auxilio" (cf Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (Gn 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6).
Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 1601-1605. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, 47-48.