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3ra, Parte. El Matrimonio en el Señor, La Gracia Divina en el Matrimonio

7) El matrimonio necesita la gracia divina
Toda reflexión acerca de la existencia del mal en el mundo y en el corazón del ser humano tiene que ser complementada, a la luz de la enseñanza de Cristo y de la Iglesia, con el tema de la gracia y el amor misericordioso de Dios. Las expresiones bíblicas que presentan a la creatura humana como sometida al pecado, por necedad o corrupción, con invitan insistentemente a vivir una mayor confianza en el Señor para encontrar de nuevo el camino del amor y la fidelidad. Así lo ha de vivir cada discípulo de Jesucristo, cada hombre y mujer unidos en santo matrimonio y toda comunidad. Miremos el rico contenido del libro del Génesis al respecto, como lo desglosa el Catecismo:

Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal.

Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos (cf Gn 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador (cf Gn 2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf Gn 3,16); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cf Gn 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3,16-19).

Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado (cf Gn 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó “al comienzo”.

Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 1606-1608.



8) La ayuda mutua y el don de sí en el matrimonio
Para comprender mejor la enseñanza de la Sagrada Escritura, la Iglesia ha recopilado la experiencia de los Padre de la Iglesia y otros grandes maestros y doctores de la Iglesia que se han distinguido tanto por su sabiduría y recta doctrina como por su espiritualidad y rectitud de vida. Los temas del dolor y del amor, sobre todo en la realidad de la familia, tiene un contenido muy profundo desde el Antiguo Testamento, que la Iglesia ilumina con la enseñanza de Cristo.

En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, “los dolores del parto”, el trabajo “con el sudor de tu frente” (Gn 3,16-19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de si.
La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de “la dureza del corazón” de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1).
Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3.31; Ez 16,62), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor “fuerte como la muerte” que “las grandes aguas no pueden anegar” (Ct 8,6-7).
Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 1609-1611.


9) El matrimonio en el Señor
Cristo con su presencia santificó las bodas de Caná, como sigue bendiciendo y estrechando los lazos y frutos de cada unión matrimonial del hombre y la mujer. No cabe duda de la valiosa intercesión de la Virgen María a favor de los esposos.

Por otra parte, la indisolubilidad del vínculo matrimonial es un tema de mucho interés para todos, que tiene la fuerza del amor de Cristo expresado vivamente en el Evangelio. Fijemos nuestra atención en la enseñanza bíblica que recopila el Catecismo.

La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por él, preparando así “las bodas del cordero” (Ap 19,7.9).
En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón; la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6-8).

Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable. Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios.
Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán “comprender” (cf Mt 19,10-11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla”, y añadiendo enseguida: “’Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne'. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,25-32).
Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El matrimonio cristiano es por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (Código de Derecho Canónico, can. 1055).

Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 1612-1617. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 22.


10) La celebración del matrimonio
El Catecismo resalta la importancia de la buen disposición de los contrayentes para recibir adecuadamente le sacramento de la alianza matrimonial y dar frutos que permanezcan. Leamos con atención estas recomendaciones.

En el rito latino, la celebración del matrimonio entre dos fieles católicos tiene lugar ordinariamente dentro de la Santa Misa, en virtud del vínculo que tienen todos los sacramentos con el Misterio Pascual de Cristo. En la Eucaristía se realiza el memorial de la Nueva Alianza, en la que Cristo se unió para siempre a la Iglesia, su esposa amada por la que se entregó. Es, pues, conveniente que los esposos sellen su consentimiento en darse el uno al otro mediante la ofrenda de sus propias vidas, uniéndose a la ofrenda de Cristo por su Iglesia, hecha presente en el sacrificio eucarístico, y recibiendo la Eucaristía, para que, comulgando en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre de Cristo, “formen un solo cuerpo” en Cristo (cf 1Co 10,17).
“En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración del matrimonio debe ser por sí misma válida, digna y fructuosa” (JUAN PABLO II, Familiaris consortio, n 67). Por tanto, conviene que los futuros esposos se dispongan a la celebración de su matrimonio recibiendo el sacramento de la penitencia.

Según la tradición latina, los esposos, como ministros de la gracia de Cristo, manifestando su consentimiento ante la Iglesia, se confieren mutuamente el sacramento del matrimonio. En las tradiciones de las Iglesias orientales, los sacerdotes –Obispos o presbíteros– son testigos del recíproco consentimiento expresado por los esposos, pero también su bendición es necesaria para la validez del sacramento (cf Código de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales, cáns. 817.828).

Las diversas liturgias son ricas en oraciones de bendición y de epíclesis (o invocación al Espíritu Divino) pidiendo a Dios su gracia y la bendición sobre la nueva pareja, especialmente sobre la esposa. En la epíclesis de este sacramento los esposos reciben el Espíritu Santo como Comunión de amor de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,32). El Espíritu Santo es el sello de la alianza de los esposos, la fuente siempre generosa de su amor, la fuerza con que se renovará su fidelidad.

Texto tomado de: Catecismo de la Iglesia Católica, 1621-1624. CONCILIO VATICANO II, Sacrosanctum Concilium, 61; Lumen gentium, 6.