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Orientaciones éticas para el cuidado del cuerpo

1. El cuerpo expresa la persona y es testigo de la Creación

El cuidado del cuerpo y del espíritu deben guardarse del modo equilibrado, armónico, como verdadero respeto a la vida y salud.

“La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común. El cuidado de la salud de los ciudadanos requiere la ayuda de la sociedad para lograr las condiciones de existencia que permiten crecer y llegar a la madurez: alimento y vestido, vivienda, enseñanza básica, empleo y asistencia social”[1].

“La moral exige el respeto de la vida corporal, pero no hace de ella un valor absoluto. Se opone a una concepción neopagana que tiende a promover el culto del cuerpo, a sacrificar todo a él, a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo. Semejante concepción, por la selección que opera entre los fuertes y los débiles, puede conducir a la perversión de las relaciones humanas”[2].

Esperando el último día, el cuerpo y el alma del creyente participa ya de la dignidad de ser “en Cristo”, donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre: “El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó a Jesús, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? No os pertenecéis. Glorificad, por tanto, a Dios a vuestro cuerpo” (1Co 6,13-15.19-20)[3].

“Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma y el mismo universo material será transformado. Dios será entonces “todo en todo” (1Co 15,28) en la vida eterna”[4].

A través de algunos medios de comunicación social se promueve el culto al cuerpo. Un número significativo de atletas, artistas y fisiculturistas invierten gran parte de su tiempo y sus ingresos para el cuidado de su cuerpo. El problema ético se da cuando se proponen un modelo de cuerpo qué alcanzar y hacer cualquier cosa para lograrlo. Un problema particular se da cuando utilizan anabolizante[5] para un mayor rendimiento, sufriendo por largo tiempo los efectos colaterales a veces con daños irreparables.

La visión cristiana del hombre, reconoce al cuerpo una particular función, puesto que contribuye a revelar el sentido de la vida y de la vocación humana. La corporeidad es, en efecto, el modo específico de existir y obrar del espíritu humano. Este significado es ante todo de naturaleza antropológica: “el cuerpo revela el hombre”[6], “expresa la persona”[7] y por eso es el primer mensaje de Dios al hombre mismo, casi una especie de “sacramento primordial, entendido como signo que transmite eficazmente en el mundo visible, el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad”[8].

Hay un segundo significado de naturaleza teologal: el cuerpo contribuye a revelar a Dios y su amor creador, en cuanto manifiesta la creaturalidad del hombre, su dependencia de un don fundamental que es don del amor. “Esto es el cuerpo: testigo de la creación como un don fundamental, testigo, pues, del Amor como fuente de la que nació este mismo donar”[9].

El cuerpo, en cuanto sexuado, manifiesta la vocación del hombre a la reciprocidad, esto es al amor y al mutuo don de sí[10]. El cuerpo, en fin, llama al hombre y a la mujer a su constitutiva vocación a la fecundidad, como uno de los significados fundamentales de su ser sexuado[11].

“El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”[12] y la existencia humana adquiere su significado pleno en la vocación a la vida divina. Sólo siguiendo a Cristo, responde el hombre a esta vocación y se afirma plenamente tal creciendo hasta llegar a ser “hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13)[13].


2. Espíritu y práctica de sacrificio

El “sacrificio” existe en la vida, especialmente cuando hay que afrontar las dificultades, el sufrimiento y el trabajo. También tiene sentido el sacrificio de la lucha contra las tendencias desordenadas y el esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios y superar los propios defectos. El sacrificio tiene valor, si está unido al ofrecimiento del propio corazón, es decir, a la actitud de amor a Dios y al prójimo. Dios quiere un “corazón contrito” (Sal 51,19) y una actitud de “misericordia” (Mt 9,13).

En las diversas tradiciones religiosas, se ha apreciado siempre la modificación o sacrificio voluntario. Esta actitud de sacrificio se expresa por el ayuno y abstinencia respecto a los alimentos. También tiene lugar por medio de la mortificación corporal, con molestias que ayuden al dominio de sí: posturas corporales (de rodillas...), cilicios, etc. La prudencia y mesura (avaladas con la consulta y el don de consejo) son parte integrante de toda virtud auténtica.

También se señalan tiempos especiales de sacrificio o penitencia (como las vigilias, los vienes y la cuaresma), buscando como objetivo la propia conversión y la renovación de la comunidad, especialmente por medio de la oración, ayuno, limosna (solidaridad) y reformas de costumbre personales, familiares y sociales. La línea evangélica de la mortificación consiste en “negarse a sí mismo” (morir al pecado), es decir, orientar todo el ser hacia el amor para seguir a Cristo (Cf. Mt. 16,25). Se trata de dejar el hombre viejo (Rm 6,5) para revestirse de Cristo (Rm 13,14)[14].

De acuerdo a la enseñaza de Jesucristo de llevar “la cruz de cada día” (Mt 16,24), la Iglesia ha reconocido el valor del sacrificio y de las penitencias saludables.

Principalmente durante el tiempo de Cuaresma y todos los viernes del año –en memoria del día de la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo– se propone un camino de “ayuno y abstinencia”. En nuestras privaciones voluntarias encontramos un motivo para alabar a Dios “ya que nos ayudan a reflejar nuestras pasiones desordenadas y nos dan la ocasión de compartir nuestros bienes con los necesitados”[15].

Actualmente la Iglesia no impone ni acepta ayunos absolutos, es decir, sin ingerir algún tipo de alimento durante el día de modo voluntario:

“La abstinencia se guardará todos los viernes del año que no caigan en fiestas de precepto, mientras que la abstinencia y el ayuno se guardará el miércoles de Ceniza o, según la diversidad de los ritos, el primer día de cada cuaresma y el primer día de la gran Cuaresma y el viernes de la pasión y muerte de Cristo Jesús.

“La ley de la abstinencia prohíbe el uso de carnes, pero no el uso de huevos, lacticinios y cualquier condimento a base de grasa de animales. La ley del ayuno obliga a no hacer más de una sola comida durante el día, pero no prohíbe tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche, ateniéndose, en lo que respecta a la calidad y cantidad, a las costumbres locales aprobadas

“A la ley de la abstinencia están obligadas cuantos han cumplido los catorce años, a la ley del ayuno, en cambio, están obligados todos los fieles desde los 18 años cumplidos y termina a los 59 años cumplidos”[16].

Se está dando en la actualidad una actitud que ha preocupado a nuestra sociedad, sobre todo a los padres de familia, médicos y nutriólogos: Se toma como máximo y único modelo a seguir la figura esbelta y quien se ha sometido a un régimen alimenticio para bajar de peso, a pesar de haber llegado a su medida apropiada, se siente con sobrepeso y se esfuerza por continuar su rigurosa dieta. El problema se da cuando sufre la anorexia y tal “pérdida del apetito” puede llevar no sólo a la desnutrición y anemia, sino también a la muerte por inanición. Y se suele acompañar y complicar con la bulimia, al expulsar indebidamente los alimentos recibidos, se provocan serios daños al sistema digestivo y después al sistema nervioso, que se va acrecentando con peligro de terminar con los signos vitales.

Lo más conveniente es atender oportunamente al paciente, sobre todo cuando se trata de un adolescente. Hay que aprender a dirigirse a los más gordos para orientarlos hacia modelos y actitudes más sanas y equilibrados. Y a los flacos para que se alimenten satisfactoriamente y no pierdan el apetito y las ganas de sobrevivir con vigor y buen rendimiento.


3. La verdadera virtud

Desde la antigüedad griega, los filósofos difundieron que “la virtud está en el medio” es decir, donde hay exceso o defecto disminuye o desaparece la virtud para dar lugar al “vicio”.

Entre las virtudes llamadas “cardinales” (humanas o morales) –por ser consideradas como ejes de la opción por el bien del ser humano–, se encuentra la templanza, que se le nombra también como moderación, sobriedad y dominio de sí.

La templanza es la virtud “que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los impulsos naturales y mantiene los deseos en los límites de la honestidad”[17].

Todos estamos llamados a vivir la templanza, la cual es una virtud sumamente práctica, ya que se refiere principalmente al alimento y bebida y al uso de la genitalidad.

Las reglas de higiene y criterios de nutrición deben promover la templanza. Los padres de familia, orientadores y todo personal de la salud debe ofrecer las motivaciones necesarias para los que estén bajo su responsabilidad.

Si se trata del que come compulsivamente o ingiere demasiada comida “chatarra”, hay que enseñarle a obtener una alimentación sabrosa, pero con mayor beneficios para el cuerpo, y evitar que caiga en la obesidad o en daños digestivos.

A los adolescentes, jóvenes o adultos, que se han trazado la meta de bajar de peso, o personas que se proponen llevar una vida austera y de sacrificios extremos, debemos apoyarlos a que utilicen los recursos necesarios para la sana y completa alimentación y sean sensatos en sus propósitos, buscando siempre orientación y consejo.

Usar de las cosas, sin abusar de ellas, estar delante de los bienes creados, sin despreciarlos, procurar la armonía de lo interior con lo exterior, es la verdadera virtud de la templanza que debemos vivir y promover.

El Creador nos dio un cuerpo para cuidarlo, unidos carne y espíritu en esta vida merecen nuestra atención y mantenimiento. El mismo Jesucristo, el Verbo hecho carne, asumió la corporalidad humana para rescatarnos de la caída de Adán. De cada miembro y de cada acto debemos rendir cuentas a Dios como buenos administradores de lo que nos ha confiado.

Concluimos con una motivación de San Pablo a entregarnos a Dios incluyendo, de modo integral, nuestro cuerpo: “Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”. (Rm 12,1).



CUIDADO DEL CUERPO / ORACIÓN

¡Y hay que ver, Señor, lo bello que es un cuerpo humano! Desde el fondo de los siglos, Tú, arista El incomparable proyectabas el modelo, pensando que un día Tú desposarías este cuerpo humano al desposar nuestra naturaleza.

Mimosamente lo moldearon tus manos poderosas y le infundiste el alma en la inerte. Desde entonces, Señor, Tú nos pediste que respetáramos la carne, ya que toda ella es portadora de espíritu, y gracias a este cuerpo generoso podemos hoy nosotros enlazar nuestras almas a las de nuestros prójimos.

Las palabras, en largos convoys de sílabas, encarrilan nuestra alma hacia la del vecino, la sonrisa saca a flote nuestra alma al borde de los labios y la mirada es como el balcón de nuestros cuerpos.

El peatón de manos de nuestra alma al amigo y el lazo y la unión de los esposos funde dos almas para sacar a la luz una tercera, en un tercer cuerpo. Pero a Ti, Señor aún te pareció poco el hacer de nuestra carne el sacramento del espíritu.

Por tu Gracia el cuerpo del cristiano se convierte en sagrado y pasa a ser templo de la Trinidad.

Todo Dios en toda nuestra alma y toda nuestra alma en todo nuestro cuerpo.

¡Oh dignidad suprema de este cuerpo magnífico: miembro de su Señor, portador de su Dios!

Mira ahora, Señor mientras la noche cae, el cuerpo de tus hombres dormidos: El cuerpo puro del chiquitín, el cuerpo manchado de la mujer de la vida, el vigoroso cuerpo del atleta, el cuerpo reventado del obrero de la fábrica, el cuerpo relajado del esposo, el sensual del mujeriego, el cuerpo harto del rico, el maltrecho del pobre, el golpeado del chico del arroyo, el cuerpo calenturiento del enfermo, el dolorido del accidentado, el cuerpo inmóvil del paralítico, todos los cuerpos, de todas las edades y tamaños.

He aquí el cuerpo caliente del frágil bebé, despegado como un fruto maduro del cuerpo de la madre, el cuerpo del chiquillo que se cae, y se levanta chupando ya la roja sangre. He aquí el hervidero del cuerpo del muchacho que apenas puede comprender lo hermosos de un cuerpo que crece. He aquí el cuerpo de la joven esposa hecho don al esposo, he aquí el cuerpo maduro, orgulloso de su fuerza, he aquí el cuerpo del anciano que lentamente se apaga.

Yo te ofrezco, Señor, todos los cuerpos y te pido que los bendigas mientras viven callados envueltos en la noche. Son tuyos, Señor, abandonados ante Ti con su alma adormecida. Mañana, brutalmente sacudidos, deberán reemprender su servicio.

Haz que “sirvan”, Señor, y no se hagan servir, que sean casas abiertas y no cárceles, templos vivos de Dios y no sepulcros.

Que sean respetados, que crezcan y que los que los visten los purifiquen y los transfiguren y que, fieles amigos volvamos a encontrarlos al final de los tiempos, iluminados por la belleza de las almas.

Ante Ti, Señor, y ante tu Madre, puesto que Ella y Tú sois de los nuestros, puesto que todos los cuerpos de los hombres son, también ellos, bienaventurados y se les invitó a tu eterno cielo[18].



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[1] CATECISMO de la IGLESIA CATÓLICA, n 2288.

[2] Ibídem, n 2289.

[3] Cf Ibídem, n 1004.

[4] Ibídem, n 1060.

[5] Fármacos que estimulan el metabolismo proteico.

[6] JUAN PABLO II: Audiencia general 14 noviembre 1979, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1979, II-2, p 1156, n 4.

[7] JUAN PABLO II: Audiencia general: 9 enero 1980, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1980, II-1, p 90, n 4

[8] JUAN PABLO II: Audiencia general: 20 febrero 1980, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1980, II-1, p 340, n 4.

[9] JUAN PABLO II: Audiencia general: 9 enero 1980, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1980, II-1, p 90, n 4

[10] Ibid: “Precisamente atravesando la profundidad de esta soledad originaria, surge ahora en la dimensión del don reciproco, cuya expresión –que por esto mismo es expresión de su verdad originaria de su masculinidad, y viceversa, la masculinidad ‘para’ la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas. La expresa través del don como característica fundamental de la expresión personal”.

[11] Cf Juan pablo II: Audiencia general: 26 marzo 1980, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1980, II-11, pp. 737-741.

[12]Gaudium et spes, n 49.

[13] SAGRADA CONGREGACIÓN para la EDUCACIÓN CATÓLICA, Orientaciones educativas sobre el amor humano, Pautas de educación sexual, Roma 1 nov 1983, nn 22-24.29.

[14] Cf Juan ESQUERDA BIFET, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid 1998, pp 665-666.

[15] Cf Misal Romano, Prefacio de Cuaresma III.

[16] DERECHO CANÓNICO POSTCONCILIAR, BAC, Madrid 1974, Constitución apostólica “Paenitemini” de S. S. Pablo VI (de 1966).

[17] CATECISMO de la IGLESIA CATÓLICA, n. 1809

[18] MICHEL QUOIST, Colección HINNENI, Oraciones para rezar por la calle, Salamanca 1965, pp. 59-61.