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Desintegración familiar

Reflexión teológica sobre la familia


La familia es imagen de Dios que “en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia[2]”. Es una alianza de personas a las que se llega por vocación amorosa del Padre que invita a los esposos a una íntima comunidad de vida y de amor[3], cuyo modelo es el amor de Cristo a su Iglesia. La ley del amor conyugal es comunión y participación, no dominación. Es exclusiva, irrevocable y fecunda entrega a la persona amada sin perder la propia identidad.

Un amor así entendido, en su rica realidad sacramental es más que un contrato, tiene las características de la Alianza[4].

La pareja santificada por el sacramento del matrimonio es un testimonio de presencia pascual del Señor. La familia cristiana cultiva el espíritu de amor y de servicio. Cuatro relaciones fundamentales de la persona encuentra su pleno desarrollo en la vida de la familia: Paternidad, filiación, hermandad, nupcialidad.

Estas mismas relaciones componen la vida de la Iglesia: experiencia de Dios como Padre, experiencia de Cristo como hermano, experiencia de hijos en, con y por el Hijo, experiencia de Cristo como esposo de la Iglesia. La vida en familia reproduce estas cuatro experiencias fundamentales y las participa en pequeño, son cuatro rostros del amor humano[5].

Cristo, al nacer, asumió la condición de los niños: nació pobre y sometido a sus padres. Todo niño, -imagen de Jesús que nace- debe ser acogido con cariño y bondad. Al transmitir la vida a un hijo, el amor conyugal produce una persona nueva, singular, única e irrepetible. Allí empieza para los padres el misterio de evangelización. En él debe fundar su paternidad responsable: en las circunstancias sociales, económicas, culturales, demográficas en que vivimos, ¿son los esposos capaces de educar y evangelizar en nombre de Cristo a un hijo más? La respuesta de los padres sensatos será fruto del recto discernimiento y no de la ajena opinión de las personas, de la moda o de los impulsos. Así el instinto y el capricho, cederán lugar a la dis­ciplina consciente y libre de la sexualidad, por amor a Cristo cuyo rostro aparece en el rostro del niño que se desea y se trae libremente a la vida.

La lenta y gozosa educación de la familia representa siempre un sacrificio, recuerdo de la cruz redentora. Pero la felicidad íntima que comunica a los padres, recuerda también la resurrección. En este es­píritu de pascua los padres evangelizan a sus hijos y son por ellos evangelizados[6]. El reconocimiento de las faltas y la sincera manifes­tación del perdón, son elementos de conversión permanente y de per­manente resurrección. El ambiente de pascua florece en la vida cristia­na entera y se convierte en profetismo, al contacto con la divina Pala­bra. Pero evangelizar, no es sólo leer la Biblia, sino desde ella, darse una palabra de admiración, de consuelo, de corrección, de luz, de seguridad.

La estabilidad en la relación de padres e hijos es comunicativa. Cuando las demás familias ven cómo se aman, nace el deseo y la prác­tica de un amor que vincula a las familias entre sí, como signo de la unidad del género humano[7]. Allí crece la Iglesia mediante la integra­ción de las familias por el bautismo que a todos hace hermanos. Don­de la catequesis robustece la fe, todos se enriquecen con el testimo­nio de las virtudes cristianas. Un ambiente sano de vinculación de fa­milias es lugar único de nutrición, fortalecimiento físico y mental para los hijos, en sus primeros años. Los padres son allí maestros, catequistas y los primeros ministros de la oración y del culto a Dios. Se renueva la imagen de Nazareth: "Jesús crecía en sabiduría, en es­tatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52).

Para que funcione bien, la sociedad requiere las mismas exigencias del hogar, formar personas conscientes, unidas en comunidad de fra­ternidad para fomentar el desarrollo común. La oración, el trabajo y la actividad educadora de la familia, como célula social, deben, pues, orientarse a trocar las estructuras injustas, por la comunión y partici­pación entre los hombres y por la celebración de la fe en la vida coti­diana. “En la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta personal y social[8]”, la familia sabe leer y vivir el mensaje explícito sobre los de­rechos y deberes de la vida familiar. Por eso, denuncia y anuncia, se compromete en el cambio del mundo en sentido cristiano y contri­buye al progreso, a la vida comunitaria, al ejercicio de la justicia dis­tributiva, a la paz.

En la Eucaristía, la familia encuentra su plenitud de comunión y participación. Se prepara por el deseo y la búsqueda del Reino, puri­ficando el alma de todo lo que aparta de Dios. En actitud oferente, ejerce el sacerdocio común y participa de la Eucaristía para prolon­garla en la vida por el diálogo en que comparte la palabra, las inquietudes, los planes, profundizando ­así, la comunión familiar. Vivir la Eucaristía es reconocer y compartir los dones que por Cristo recibimos del Espíritu Santo. Es aceptar la acogida que nos brindan los demás y dejarlos entrar en nosotros mismos. Vuelve a surgir el espíri­tu de la Alianza: es dejar que Dios entre en nuestra vida y se sirva de ella según su voluntad. Aparece, entonces, en el centro de la vida fa­miliar la imagen fuerte y suave de Cristo, muerto y resucitado.

De allí surgirá la misión de la familia. Esta Iglesia doméstica, convertida por la fuerza liberadora del Evangelio en “escuela del más rico humanismo[9]”, sabiéndose peregrina con Cristo y comprometida con El al servicio de la Iglesia particular, se lanza hacia el futuro, dispuesta a superar las falacias del racionalismo y de la sabiduría mundana que desorienta al hombre moderno. Viendo y actuando sobre la realidad, como Dios la ve y la gobierna, busca mayor fidelidad al Señor, para no adorar ídolos sino al Dios vivo del Amor.


La pastoral famliar en los casos difíciles

Es necesario un empeño pastoral todavía más generoso, inteligente y prudente, a ejemplo del Buen Pastor, hacia aquellas familias que –a menudo e independientemente de la propia voluntad, o apremiados por otras exigencias de distinta naturaleza- tienen que afrontar situaciones objetivamente difíciles.

A este respecto hay que llamar especialmente la atención sobre algunas categorías particulares de personas, que tienen mayor necesidad no sólo de asistencia, sino de una acción más incisiva ante la opinión pública y sobre todo ante las estructuras culturales, profundas de sus dificultades.

Estas son, por ejemplo, las familias de los emigrantes por motivos laborales, las familias de cuantos están obligados a largas ausencias, como los militares, los navegantes, los viajeros de cual­quier tipo, las familias de los presos, de los pró­fugos y de los exiliados, las familias que en las grandes ciudades viven prácticamente margina­das, las que no tienen casa, las incompletas o con uno solo de los padres, las familias con hijos minusválidos o drogados, las familias de alcoho­lizados, las desarraigadas de su ambiente cultural y social o en peligro de perderlo, las discriminadas por motivos políticos o por otras razones, las familias ideológicamente divididas, las que no consiguen tener fácilmente un contacto con la parroquia, las que sufren violencia o tratos injustos a causa de la propia fe, las formadas por esposos menores de edad, los ancianos, obligados no raramente a vivir en soledad o sin adecuados medios de subsistencia.

Las familias de emigrantes, especialmente tratándose de obreros y campesinos, deben tener la posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia su patria. Esta es una tarea connatural a la Iglesia, dado que es signo de unidad en la diversidad. En cuanto sea posible estén asistidos por sacerdotes de su mismo rito, cultura e idioma. Corresponde igualmente a la Iglesia hacer una llamada a la conciencia pública y a cuantos tienen autoridad en la vida social, económica y política, para que los obreros encuentren trabajo en su propia región y patria, sean retribuidos con un justo salario, las familias vuelvan a reunirse lo antes posible, sea tenida en consideración su identidad cultu­ral, sean tratadas igual que las otras, y a sus hijos se les dé la oportunidad de la formación profe­sional y del ejercicio de la profesión, así como de la posesión de la tierra necesaria para trabajar y vivir.

Un problema difícil es el de las familias ideo­lógicamente divididas. En estos casos se requiere una particular atención pastoral. Sobre todo hay que mantener con discreción un contacto personal con estas familias. Los creyentes deben ser for­talecidos en la fe y sostenidos en la vida cristiana. Aunque la parte fiel al catolicismo no puede ceder, no obstante, hay que mantener siempre vivo el diálogo con la otra parte. Deben multiplicarse las manifestaciones de amor y respeto, con la viva esperanza de mantener firme la unidad. Mucho depende también de las relaciones entre padres e hijos. Las ideologías extrañas a la fe pueden esti­mular a los miembros creyentes de la familia a crecer en la fe y en el testimonio de amor.

Otros momentos difíciles en los que la familia tiene necesidad de la ayuda de la comunidad eclesial y de sus pastores pueden ser: la adolescen­cia inquieta, contestadora y a veces problemati­zada de los hijos, su matrimonio que les separa de la familia de origen, la incomprensión o la falta de amor por parte de las personas más queridas, el abandono por parte del cónyuge o su pérdida, que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de la muerte de un familiar, que mutila y trans­forma en profundidad el núcleo original de la familia.

Igualmente no puede ser descuidado por la Iglesia el periodo de la ancianidad, con todos sus contenidos positivos y negativos: la posible pro­fundización del amor conyugal cada vez más pu­rificado y ennoblecido por una larga e ininte­rrumpida fidelidad, la disponibilidad a poner en favor de los demás, de forma nueva, la bondad y la cordura acumulada y las energías que que­dan, la dura soledad, a menudo más psicológica y afectiva que física, por el eventual abandono o por una insuficiente atención por parte de los hijos y de los parientes, el sufrimiento a causa de enfermedad, por el progresivo decaimiento de las fuerzas, por la humillación de tener que depender de otros, por la amargura de sentirse como un peso para los suyos, por el acercarse de los últimos momentos de la vida. Son éstas las ocasiones en las que -como han sugerido los Padres Sinodales- más fácilmente se pueden hacer comprender y vivir los aspectos elevados de la espiritualidad matrimonial y familiar, que se inspiran en el valor de la cruz y resurrección de Cristo, fuente de santificación y de profunda alegría en la vida diaria, en la perspectiva de las grandes realidades escatológica de la vida eterna.

En estas diversas situaciones no se descuide jamás la oración, fuente de luz y de fuerza, y alimento de la esperanza cristiana.




Oración a la Sagrada Familia

Sagrada Familia de Nazareth, enséñanos el recogimiento y la interioridad,

danos la disposición de escuchar la buenas inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros,

enséñanos la necesidad del trabajo, de la preparación, del estudio, de la vida interior,

de la oración que sólo Dios ve en lo secreto, enséñanos lo que es la familia, su comunión de amor,

su belleza simple y austera, su carácter sagrado e inviolable. Amén.





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[1] Tomado de: III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, Documento de Puebla, nn 582-589.

[2] Cf Juan Pablo II, Homilía, Puebla, 2. AAS LXXI p 184.

[3] Cf GS 48.

[4] Cf Loc cit.

[5] Cf GS 49.

[6] Cf EN 71

[7] Cf LG 1

[8] Cf EN 29

[9] Cf GS 52

[10] Cf Juan Pablo II, Exhortación apostólica, Familiaris consortio, n 77.