EUTANASIA: Ruina de la confianza
Promotores de una muerte indigna.
Argumentos científicos, humanistas y religiosos, demuestran una plena reprobación a la eutanasia y a todo lo que fomente su propaganda y facilitación.
Sería el caos de la seguridad que van ganando las intervenciones del médico y de la confianza en la familia, si por sus decisiones ante el destino del enfermo pudieran optar por la aplicación o el rechazo a la eutanasia. ¡Qué desastroso sería hacer depender el final de la existencia humana al antojo u opinión de cualquiera!
Los medios de comunicación pueden caer en el error grave de presentar detalles de casos de suicidios y homicidios eutanásicos, que caerían en la morbosidad y el peligro de incitación a recurrir a tal atentado contra la vida.
Eutanasia es una expresión que se deriva de los vocablos griegos (εύ) eu, que equivale a bien, y (θάνατος) thánatos, que significa muerte. Así se traduce: buena muerte, muerte dulce, muerte sin agonía (cf JUAN PABLO II, Encíclica Evangelium vitae, nn 64-67). La eutanasia es suicidio, si se hace por uno mismo; es homicidio si se hace sin el consentimiento de la víctima; y es suicidio y homicidio si se hace por otro con el consentimiento del enfermo. Ninguna clase de eutanasia es lícita: ni la pasiva ni la activa, ni la voluntaria ni la involuntaria. Ante el derecho inalienable de la vida, no existe el derecho a la muerte.
“Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor” (CONGREGACIÓN para la DOCTRINA de la FE, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia, Roma 5 mayo 1980, inciso II). “Por tanto una acción o una omisión, que de suyo o en la intención provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de las personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable” (CATECISMO de la IGLESIA CATÓLICA, n 2277).
Sin embargo, la interrupción de tratamientos médicos onerosos, riesgosos, es decir, extraordinarios o desproporcionados, puede ser legítima. Con esto no se pretende provocar la muerte; sino se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad, o si no, por los que tiene los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.
Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos (cf CATECISMO de la IGLESIA CATÓLICA, nn 2278-2279). Hay que tener cuidado de no caer en el extremo contrario del ensañamiento u obstinación terapéutica, sino aceptar, prudentemente y con auténtica resignación, la caducidad de la vida humana física.
Las súplicas de los enfermos muy graves, que alguna vez invocan la muerte, no deben ser entendidas como expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; éstas, en efecto, son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y afecto. Es necesario pensar que los enfermos y los inválidos necesitan más atenciones y cariño por parte de la familia y las personas que los acompañan. Si se les margina y se les deja en soledad, viéndolos abandonados, indirectamente se les hace comprender que son una carga para la familia y la sociedad y en esa situación, es más fácil desear la muerte.
Hay que reconocer que la muerte, precedida o acompañada a menudo de sufrimientos atroces y prolongados, es un acontecimiento que naturalmente angustia el corazón del hombre y le modifica la percepción de la realidad. El dolor físico es ciertamente un elemento inevitable de la condición humana. A nivel biológico, constituye un signo cuya utilidad es innegable, sobre todo para detectar las causas y buscar su remedio adecuado.
“Nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una violación a la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad” (CONGREGACIÓN para la DOCTRINA de la FE, Declaración Iura et bona, inciso III).
La contracultura de la muerte, presente actualmente en algunas mentes y actitudes, es continuamente fruto de la ausencia de Dios y de la falta de respeto a la vida humana, y lamentablemente aparece en diversos espectáculos y en comentarios ridículos y comercializados.
Esperamos que una sociedad como la nuestra demuestre el valor de la cultura de la vida y no caiga en posturas de falsa compasión y complicidad en crímenes nefastos ya cometidos o con peligro de ser propiciados, como ocurriría si se aplicara la eutanasia.
¡Ama, honra, venera y agradece la vida humana! (cf Juan Pablo II, Evangelium vitae, Roma 25 marzo 1995).
Mérida, Yucatán, México. 21 de febrero de 2005.