Así lo subraya la vida: "Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades" (Prov. 16,32). Esto pueda aplicar de modo semejante a la noble actitud del médico que "arriesga su vida" pacientemente.
También señala la Sagrada Escritura: “necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido” (Heb 10,36), que cada médico debe infundir con su actitud en los enfermos que trata.
Con toda razón afirmó Santa Teresa de Avila: "La paciencia todo lo alcanza". Ante los que acostumbramos llamar "sus pacientes", el médico ha de mostrar una actitud paciente, lleno de dinamismo, entusiasmo y alegría.
Desde su vocación, el médico ha de ser un hombre de fe y de oración constante, a pesar de las ocupaciones o distracciones que aprende a superar. Invoca siempre y en todas partes a Dios. Suplica humilde y confiadamente la Luz del Espíritu Santo en sus decisiones y acciones más importantes. Valora y acepta de Dios la necesidad de los dones de Sabiduría e inteligencia para proceder adecuadamente en todo momento.
Tiene en cuenta que no solamente trata cuerpos, con sus órganos y funciones, sino personas, que son la obra maestra del Creador. Así nos lo recuerda la Biblia: "Tú, Señor, eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y Tú el Alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros". San Pablo señala el lugar de Jesucristo en la Creación y su influjo definitivo en la realidad del hombre y la mujer: "porque en él (Jesucristo) fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles... todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia" (Col 1,16-17).
De acuerdo a lo que Cristo afirmó del amor y respeto a cada criatura humana, ya que "cuanto hicieron a uno de éstos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron" (Mt 25,40), encontramos profundas aplicaciones al hombre creado por Dios, como la frase de San Ireneo (130-202): "Cuando Dios creó al hombre, lo hizo pensando en su Hijo Jesucristo".
Procura tomar decisiones y actuar siempre con conciencia recta, verdadera, cierta y atenta a los valores morales. De acuerdo a la enseñanza actual de la Iglesia, no permanece voluntariamente en el error (Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 16 (GS 16)), sino que investiga con diligencia y actúa prudentemente, sin correr riesgos innecesarios y despiadados.
El enfermo y los familiares que los acompañan deben reconocer la imagen del Divino Médico, que sana, alivia y alegra la vida en las palabras, actitudes y acciones del médico.
Al mismo tiempo, el médico católico trata de descubrir la imagen de Cristo sufriente en cada enfermo, anciano o pobre, y lo atiende con el máximo amor y cuidado, como si fuera el único y le dedica el tiempo que necesita (Cf. Is 53,2-9; Juan Pablo II, Carta Apostólica: Salvifici doloris, Roma 11 de feb. 1984).
Cumple responsablemente los compromisos que ha asumido y las que surjan en cada circunstancia. Con humildad y sensatez, acepta sus capacidades y, sobre todo, sus propias limitaciones. Con actitud de fe, aconseja al enfermo y a sus familiares, pedir a Dios por la salud y recomienda aceptar con gozo y amor la Voluntad de Dios. El médico católico, como parte de su responsabilidad, siempre deja su lugar a Dios, para quien no hay nada imposible.
Se siente hermano de todos los otros médicos. Vive la unidad en la diversidad. Comparte lo que es, lo que se sabe y lo que tiene. De manera oportuna, corrige fraternalmente y reconoce humildemente los errores que le hacen notar los demás.
Aunque de modo auténtico se trace la meta de mejorar en lo económico y en el nivel científico y técnico, se mantendrá accesible ante los más necesitados.
Aunque su prestigio y la calidad de sus instrumentos sea cada vez mejor, tendrá muy presentes todos sus deberes de justicia y caridad, sobre todo, en favor de los más pobres y de los que son menos útiles a los ojos de los hombres.